Declaración de Winnie Byanyima, Directora Ejecutiva de ONUSIDA, en el marco del Día Mundial de la Salud

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Winnie Byanyima

Directora Ejecutiva de ONUSIDA

Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas

 

Tisha (nombre ficticio), una joven de los barrios marginales del este de África, llevaba tres semanas de retraso en el parto cuando fue remitida como caso de emergencia al centro de maternidad de la ciudad principal.

Con atención médica especializada, Tisha dio a luz a un niño sano, al que llamó Okello. Pero en lugar de ser un momento de alegría para Tisha y su familia, cuando no pudo pagar los 30 dólares del parto el hospital se negó a darle el alta.

Tisha fue trasladada de inmediato a una sala especial de internamiento que albergaba a otras 42 madres pobres y se le asignó una cama que ya compartían dos mujeres y sus bebés. A Tisha y a Okello no se les permitió salir hasta que ella pagara su factura, que, según le dijeron las enfermeras, aumentaría diariamente. Tisha y su hijo fueron retenidos hasta que ella pudo encontrar el dinero para pagar su factura.

Esta trágica historia es demasiado común. Pagar por la salud es la forma más regresiva de financiar la asistencia sanitaria. Sin embargo, según el Banco Mundial, dos tercios de los países africanos cobran tasas al usuario en todos los niveles de atención.

Diez mil personas mueren cada día por no poder acceder a la atención sanitaria y el coste de los servicios sanitarios hace que cada año 100 millones de personas se vean empujadas a la pobreza extrema pagando por ellos. Esto equivale a tres personas cada segundo.

Estas enormes desigualdades en la atención sanitaria siguen aumentando a medida que los sistemas sanitarios de todo el mundo se orientan cada vez más hacia el beneficio. Muchos de los países más pobres del mundo intentan vender la sanidad a través de los seguros sanitarios y las tarifas de los usuarios. Pero cómo se puede vender salud a alguien que no tiene ni siquiera lo básico para sobrevivir, a alguien que no tiene trabajo y lucha por encontrar la próxima comida.

Muchos gobiernos afirman que no pueden permitirse pagar la sanidad, pero la realidad es que pueden hacerlo si aplican impuestos progresivos para que todo el mundo pague su parte justa, impiden que las empresas oculten sus beneficios en el extranjero y acaban con las exenciones fiscales. Esto contribuiría en gran medida a equilibrar las flagrantes desigualdades en el acceso a los servicios públicos, incluida la sanidad.

Estos modelos con ánimo de lucro han fragmentado unos sistemas sanitarios ya de por sí débiles que excluyen a muchas personas: a los pobres, a las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales, a las personas en cárcel, a las y los trabajadores sexuales, a las personas que se inyectan drogas y a numerosos grupos marginados. La financiación de la sanidad no es equitativa. Además, la falta de derechos humanos de los grupos marginados hace que no tengan acceso a una atención sanitaria de calidad.

Las desigualdades en materia de derechos humanos se traducen en desigualdades en materia de salud. El derecho a la salud de TODOS y TODAS forma parte de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. En ella se afirma que "toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad."

Los mayores avances en materia de salud se han producido a menudo en respuesta a una crisis importante: pensemos en los sistemas de salud posteriores a la Segunda Guerra Mundial en toda Europa y en Japón, o en cómo el SIDA condujo a la atención sanitaria universal en Tailandia.

Ahora, en medio de la crisis de la COVID-19, los y las líderes de todo el mundo tienen la oportunidad de construir los sistemas sanitarios que siempre fueron necesarios y que no pueden retrasarse más. No podemos hacer pequeños retoques, necesitamos cambios radicales y transformadores. La respuesta a la COVID-19 nos da la oportunidad de cambiar las reglas y garantizar la igualdad.

En el Día Mundial de la Salud 2021, hagamos ese llamamiento para garantizar que la vida de las personas esté por encima de los lucros. Que los gobiernos se comprometan a garantizar que todos, sin discriminación, tengan acceso a una atención sanitaria de calidad. El derecho a la salud es un derecho humano inalienable.

Esta crisis del coronavirus en la que nos encontramos hoy podría, como otras crisis mundiales anteriores, crear las soluciones globales y nacionales en materia de atención sanitaria que tanto necesitamos. ¡Aprovechemos el momento!

 

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