Reflexión del fundador de un hospicio sobre los 15 años que llevan combinando el tratamiento, asistencia y prevención del VIH con la fe

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27 de enero de 2019 - La última mañana de la Jornada Mundial de la Juventud 2019 de Panamá, el papa Francisco visitará la Casa Hogar El Buen Samaritano. El hospicio, que toma su nombre de la parábola bíblica, se encuentra a las afueras de la ciudad de Panamá, y ofrece asistencia integral para ayudar a las personas que viven con el VIH a recuperarse y reintegrarse en la sociedad.

La necesidad es el único requisito de acceso. La política del centro es recibir con los brazos abiertos a cualquier persona, independientemente de su género, edad, religión, ocupación, orientación sexual, capacidades o procedencia.

Ayer, mientras los voluntarios se afanaban de un lado para otro para tener todo a punto para la llegada de Su Santidad, el padre Domingo Escobar, fundador y director de El Buen Samaritano, se tomó un momento para reflexionar sobre la evolución del centro.

Comenzó siendo una iniciativa pastoral de la parroquia de Santa María del Camino. Las personas que viven con el VIH, muchas de ellas sin hogar, podían acudir a la iglesia en búsqueda de resguardo, consejo y alimento. La idea de que los más marginados necesitaban un apoyo más estructurado comenzó a tomar forma y, hace 15 años, se fundaba la Fundación Casa Hogar El Buen Samaritano de acuerdo a la visión más amplia de ayudar a construir una sociedad sin discriminación, prejuicios y estigmatización.

“Creo que es necesario poner en valor la dignidad del ser humano y respetar a los demás, ya que, como dice la Biblia, todos somos el templo del Espíritu Santo, todos y cada uno de nosotros...”, explicaba el padre Escobar.

Desde sus inicios, El Buen Samaritano ha atendido a más de 300 residentes. La clave reside en combinar el tratamiento médico con la asistencia espiritual. Al reforzar su fe, los pacientes acrecientan su optimismo, su “entusiasmo” a la hora de tomar las medicinas y su confianza en que el tratamiento vaya a resultar eficaz. De acuerdo al director de El Buen Samaritano, los factores que más socavan el cumplimiento del tratamiento son la falta de apoyo y el miedo a los prejuicios.

“Por culpa del temor al rechazo y la discriminación, se lo guardan para sí mismos y no lo comparten con su familia ni con los demás”, afirmaba.

En respuesta directa a este desafío, una rama de la fundación evolucionó específicamente para atender a las personas VIH-positivas que viven con sus familias y que cuentan con recursos limitados. Además de alimentos y medicinas, El Buen Samaritano proporciona sensibilización y formación a los miembros de la familia, fortaleciendo su capacidad para procurar apoyo emocional a sus seres queridos.

Así mismo, la fundación ha ido más allá de la asistencia y el tratamiento del VIH y fomenta la prevención mediante seminarios y medidas dirigidas a los niños, los jóvenes, incluidos aquellos que están en riesgo, y los adultos. El año pasado, llegaron a más de 4500 personas con sus programas de prevención. Su programa Joven, Infórmate promueve una “educación sexual con valores” en los institutos.

ONUSIDA lleva años colaborando con El Buen Samaritano, ayudando en las negociaciones para el suministro de los medicamentos antirretrovíricos del Ministerio de Salud y cooperando en la lucha por la visibilidad y la concienciación.

La labor del padre Domingo con las personas de Panamá que viven con el VIH y se encuentran desamparadas da cuenta del increíble potencial de las comunidades religiosas para tender puentes no solo en lo tocante al tratamiento y la asistencia, sino también en relación a la prevención y a la eliminación del estigma y la discriminación.

La contribución de la fundación a la comunidad, el país y la respuesta al sida es sumamente valiosa. Se calcula que en Panamá viven con el VIH 25 000 personas. El país ha logrado grandes avances en cuanto al tratamiento y la reducción de la mortalidad. Al término de 2017, tres cuartas partes (el 76%) de las personas diagnosticadas en Panamá estaban bajo tratamiento, y hubo menos de 1000 muertes asociadas al sida. Sin embargo, las aproximadamente 1600 nuevas infecciones de ese mismo año dejan patente la necesidad de iniciativas sólidas para la prevención. Según el padre Escobar, para afrontar este desafío todo el mundo tiene que arrimar el hombro.

“Es necesario que comprendamos e interioricemos que la tarea de la prevención es un reto transversal”, exponía el cura. “Tiene que estar presente en la familia, en las políticas públicas, en la infancia, entre los jóvenes y en la labor pastoral. Es problema de todos, y todos podemos aportar algo”.

 

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